Oremos por todos los enfermos, y por todos lo que padecen Cáncer, para que con nuestras oraciones Dios les brinde la salud que tanto le suplicamos.
Gloriosa Virgen María, a quien honramos con la advocación consoladora de Salud de los enfermos antes de separarnos en este día, permite que nos acerquemos a Vos y con todo el fervor de nuestro espíritu digamos:
Dios te salve, criatura bellísima, elegida por el Eterno para ser Reina de todo lo creado; Reina piadosísima que te complaces en manifestar el poder de tu cetro con tesoros inagotables de ternura, por lo cual también te llamamos Madre de Misericordia; Madre que al llevar en tus entrañas virginales al autor de todo bien, fuiste constituída vida de nuestras almas, dulzura en el dolor y esperanza en el desconsuelo. Animado con estos títulos de compasión y benevolencia, nosotros pobres desterrados hijos de Eva, recurrimos a Vos, pidiendo a voces, piedad y clemencia por los que gimen y lloran en este valle de lágrimas.
Mira, dulcísima Virgen María, que son los enfermos los hijos más queridos de tu corazón. Ea pues, Señora abogada nuestra, cúbrelos con las alas de tu bondad; vuelve hacia ellos tus ojos misericordiosos y sea tu mirada alivio para los que sufre, sostén para los que desfallecen, esperanza para los que dudan. Sí, Virgen Santísima, sé para todos Salud. Y en aquel trance terrible, en los momentos decisivos de la agonía, cuando el alma se encuentra en las agonías de la muerte, cuando lucha con nuestro enemigo para arrebatarnos el mejor tesoro de nuestro ser, entonces, oh Madre, acude presurosa, y muéstranos propicia a Jesucristo, fruto bendito de tus entrañas, para que su mirada de benignidad aliente nuestro espíritu, a fin de que salga triunfante de este mundo, para cantar en la gloria tus eternas alabanzas. Oh Clementísima, oh piadosa, oh Dulce Virgen María.
Así sea. AMEN.
Dios te salve, criatura bellísima, elegida por el Eterno para ser Reina de todo lo creado; Reina piadosísima que te complaces en manifestar el poder de tu cetro con tesoros inagotables de ternura, por lo cual también te llamamos Madre de Misericordia; Madre que al llevar en tus entrañas virginales al autor de todo bien, fuiste constituída vida de nuestras almas, dulzura en el dolor y esperanza en el desconsuelo. Animado con estos títulos de compasión y benevolencia, nosotros pobres desterrados hijos de Eva, recurrimos a Vos, pidiendo a voces, piedad y clemencia por los que gimen y lloran en este valle de lágrimas.
Mira, dulcísima Virgen María, que son los enfermos los hijos más queridos de tu corazón. Ea pues, Señora abogada nuestra, cúbrelos con las alas de tu bondad; vuelve hacia ellos tus ojos misericordiosos y sea tu mirada alivio para los que sufre, sostén para los que desfallecen, esperanza para los que dudan. Sí, Virgen Santísima, sé para todos Salud. Y en aquel trance terrible, en los momentos decisivos de la agonía, cuando el alma se encuentra en las agonías de la muerte, cuando lucha con nuestro enemigo para arrebatarnos el mejor tesoro de nuestro ser, entonces, oh Madre, acude presurosa, y muéstranos propicia a Jesucristo, fruto bendito de tus entrañas, para que su mirada de benignidad aliente nuestro espíritu, a fin de que salga triunfante de este mundo, para cantar en la gloria tus eternas alabanzas. Oh Clementísima, oh piadosa, oh Dulce Virgen María.
Así sea. AMEN.

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