domingo, 9 de marzo de 2014

Notas sobre la cruz

  1. La vida de Cristo tiende esencialmente al sacrificio; y la vida del Cristo moderno no puede ser otra que la del Cristo histórico, y ha de tender por eso también hacia el sacrificio.
  2. Las dificultades debieran ser motivo para intensificar más la vida sobrenatural a fin de tener fuerzas para cargar con una cruz que a veces se luce más pesada que la de nuestros padres.
  3. Nosotros no lograremos imponer nuestra concepción cristiana de la vida sin sangre, pero a diferencia de otras ideologías nosotros no queremos sangre ajena, sino que debemos estar dispuestos a derramar la propia, si ello fuese necesario por que Cristo reine en el mundo. No es el nuestro, un programa de odio, sino de amor. El odio y el amor están frente a frente: son las pasiones más fuertes, pero vencerá el amor, el amor es más fuerte que el odio, y no olvidemos que Dios es amor, y Dios está con nosotros.
  4. En los momentos de mayor angustia muestra al que sufre a Cristo en cruz, que venció al mundo, al dolor y a la muerte muriendo aparentemente vencido en lo alto del madero. Al que ha perdido a un ser querido le hace vislumbrar la vida de eternidad y alegría en unión de la fuente de toda alegría que es Dios: allí veremos, descansaremos, contemplaremos, amaremos sin sombra de dudas ni temor de términos”.
  5. Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente de Jesús. ¿No fue acaso Él vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y desnudo crucificado con el título de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra y en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también nuestros fracasos…”.
  6. Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes en nuestra alma espiritual y en nuestra sensibilidad a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán así semejantes a Cristo.
  7. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.
  8. La última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús condenado a muerte y marchando inocente al suplicio (…) Cristo reinó desde la cruz. Desde la cruz venció el pecado, la muerte, el infierno. El reino de Cristo se fundó en el Calvario y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario que es la Eucaristía (…).
  9. Considera los dolores y Pasión del Señor para tener fuerzas para una donación total que (es) la que exige de cada uno de nosotros: Cristo por mí dejó su bienestar material y humano: nació pobre. Señor, qué vergüenza me da, cómo sufres Tú por mí, y yo sigo con mis comodidades…
  10. La muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. Es el encuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apodera del sumo bien. En la Gloria lo veremos a El cara a cara, a nuestra Madre la Virgen María, a los Santos; hallaremos a nuestros padres, parientes y a aquellos seres cuya partida nos precedió.
San Alberto Hurtado S.J.

María Madre mía querida


  1. La devoción a Nuestra Señora es un elemento esencial en la vida cristiana. No hay piedad mariana que termine en María.
  2. Tenemos una mujer fecunda y tierna como madre. En ella juntamos la integridad y la fecundidad, la gracia de la divinidad con la humanidad.
  3. Ella no es divina, es enteramente de nuestra tierra como nosotros, plenamente humana, hacía los oficios de cualquier mujer, pero sintiéndola totalmente nuestra, la encontramos trono de la divinidad… En el fondo María representa la aspiración de todo lo más grande que tiene nuestra alma.
  4. María en Nazaret, cuán humilde y descuidada de sí misma. Cuán ajena a toda pretensión. Cuán indigna se reconoce de toda honra. ¿Yo soy así? ¿La imito? Debo pues imitarla en vivir oculto, humilde, silencioso, trabajador; sin deseos de querer ser estimado. Trabajar mucho, hacer mucho bien sin que nadie lo sepa.
  5. Madre de Dios todopoderoso … Y madre nuestra: realísima madre nuestra, al pie de la Cruz. Madre de todos los incorporados a Cristo. Y ella, que cuidó de Cristo en su vida, también cuida del Cristo místico hasta que llegue la plenitud de los tiempos….
  6. María fue pobre y sencilla. En Caná la encontramos en medio del pueblo, de la vida humana, de la vida de familia, en las alegrías más legítimas….. Por eso es que María se dio cuenta al punto de lo que pasaba…. Con María en nuestros apuros. Faltó el vino. Pero allí estaba María felizmente. Ella con su intuición femenina vio el ir y venir, el cuchicheo, los jarros que no se llenaban… Y sintió toda la amargura de la pareja que iba a ver aguada su fiesta, la más grande de su vida… Sintió su dolor como propio. Comprensión de los dolores ajenos (…). Y ella comprendió… que ella podía hacer algo, y que él lo podía todo.
  7. Jesús, en la cruz, nos dio lo último que le quedaba. Después de haber dado todo, incluso él mismo, nos entregó a su Madre. Y en San Juan estábamos todos representados. María es nuestra Madre, la Madre de todos los hombres, de todos los cristianos. Luego, todos somos hermanos. Y cuán poco me he preocupado de ser cariñoso, de ser afectuoso con mis hermanos, y con qué esmero he criticado sus defectos, me he burlado de los más infelices.
  8. María es mi Madre. Y al aceptarme como hijo, deposita en mí todos los tesoros de su caridad, todo su cariño. ¡Con qué ternura vela por mí! ¡Qué solicitud, qué amor!… ¿Qué quiere hacer de mí? Un santo, que sólo busque la mayor gloria de Nuestro Señor, su Santísimo Hijo.
  9. María como Madre no quiere condecoraciones ni honras, sino prestar servicios. Y Jesús no va a desoír sus súplicas, Él, que mandó obedecer padre y madre. Su primer inmenso servicio fue el “Hágase en mí según tu palabra”… y el “He aquí la Esclava del Señor” (Lc 1,38). Dios hizo depender su obra del “Sí” de María. Sin hacer bulla prestó y sigue prestando servicios: esto llena el alma de una santa alegría y hace que los hijos que adoran al Hijo, no puedan separarlo de la Madre.
San Alberto Hurtado S.J.

Mi fin es amar y servir a Dios

  1. Mi vida es pues, ¡un disparo a la eternidad! El fin del hombre: ¡la divinización de su vida! La muerte no es sino el momento de entrar en la posesión descubierta de ese Dios que velado estaba vivificando mi vida.
  2. No dependo sino de Dios, del único, y nada me esclaviza. ¿Cuál es pues mi fin? No puede ser otro que Dios. Tender a Él con todo mí ser: inteligencia, amor, voluntad. Conformar mi ser a la perfección divina a la que representa. La gloria de Dios consiste en el perfeccionamiento de este yo, obra divina, entregándome del todo a Dios.
  3. Nos puso en este mundo para que fuésemos santos, resplandor de su divinidad: “Para que seamos santos e inmaculados”. Sed vosotros santos… “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Y la venida de Jesús al mundo que no tuvo por objeto sino reafirmar el sentido de la creación, fortalecernos en al voluntad de realizarlo y darnos medios para ello, se resume en estas palabras: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”… “Para que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos de verdad”.
  4. La gloria divina, palabra que hemos oído tantas veces ¿qué quiere decir?, nada más que esta realización del plan de Dios, aquí en la tierra por la participación que el hombre recibe de la divinidad por la gracia, y en el cielo, por la participación en la gloria. Este ideal de la santidad sobrenatural es la única flor que Dios quiere recoger del universo para regalarse… Es la razón de ser del mundo y de los inmensos mundos que nos rodean. La gloria de Dios es la santificación del hombre participando de la divinidad.
  5. La gloria divina ha de quedar como el único ideal de todo hombre que contemple estas verdades. Éste no sólo es el valor central de nuestra vida, sino el único que merece llamarse valor absoluto. Esta gloria divina da valor a todo, aún a la más pequeña realidad ¡y sin ella los más grandes imperios y las amplias fortunas carecen de todo sentido!
  6. El sentido de mi vida: La mayor gloria de Dios, sacrificando a este ideal todos los otros: honra, aplauso, corona humana, formación de un círculo en torno mío… Mi tiempo, mis iniciativas, todas empleadas hacia allá: mayor gloria de Dios. ¿En qué consiste la gloria de Dios? En la realización de su voluntad. La voluntad de Dios se manifestó por Cristo Nuestro Señor. Él predicó una doctrina en la que expuso sus quereres. Los quereres divinos respecto al hombre, lo que Cristo desea que el hombre realice. En la realización de este querer de Cristo está, pues, la gloria de Dios; en su realización la más íntegra y cabal, está la mayor gloria de Dios. Mi trabajo consistirá por tanto en ahondar este querer divino: en investigar el plan de Jesucristo respecto al mundo, a las almas, para ir con toda lealtad a realizar lo que Cristo quiere; a instaurar el ideal de Cristo.
  7. Mi felicidad no consiste en otra cosa que en hacer la voluntad de Dios, con alegría o sin ella, sea cual fuere el juicio de los hombres.
  8. Nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios. Fin plenamente sobrenatural: nuestras obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas.
  9. Salvar el alma es conocer el tesoro que oculto llevábamos en nosotros: la vida de la Trinidad, “vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Salvar el alma es por consiguientes la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.
San Alberto Hurtado S.J.

Notas sobre la Eucaristía

  1. Hacer de la Misa el centro de mi vida.
  2. Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada.
  3. Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana. La Misa centro de todo el día y de toda la vida.
  4. Por la Eucaristía, esta tierra de la encarnación se hizo el centro del mundo. Por ella, el Hijo permanecerá entre nosotros no por unos cuantos años fugitivos, sino para siempre. Mediante la Eucaristía Cristo permanece siempre presente en medio de su pueblo.
  5. La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. Por ella tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes.
  6. Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor.
  7. Jesús se hace presente y permanece en la Eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido.
  8. El que comulga se va despojando de sí mismo y llega a no tener otra vida que la de Jesús, la vida divina, y nada hay más grande que eso. El que llega a vivir la vida de Jesús plenamente “dará mucho fruto” como lo decía el mismo Jesús.
  9. El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
  10. Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera.
  11. El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.
  12. Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traerá consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se nos dio a nosotros.
  13. A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad…
  14. Después de la comunión quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!
  15. Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin del mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía S. Pablo, y vive en mi hermano que comulga junto a mí, y vive en todos los que participamos de Él. Todos formamos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo. Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo, y en Cristo, por Cristo, y para Cristo vivimos en este mundo.
  16. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. Muchos cristianos se quejan de la tibieza de sus comuniones, del poco fruto que obtienen de su contacto con Cristo. Olvidan que la verdadera preparación a la Comunión no se reduce a simples actos de fervor, sino que consiste principalmente en una comunión de sufrimientos con Jesús.
San Alberto Hurtado S.J.

El rostro de la misericordia

  1. Jesús es la misma bondad y misericordia. El amor de Dios hecho carne. Toda la vida de Cristo fue amor y misericordia y bondad y para con todos…
  2. El hombre necesita tanto del perdón y es duro para perdonar. Excusa la falta cuando la ve en él, pero cuando está en los demás arroja barro sobre barro. A los pecadores no los perdona sino Cristo. Porque nadie como El sabe lo que hay en el hombre.
  3. Jesús perdonó a la adúltera. Hay algunos que quisieran sacar este pasaje del Nuevo Testamento porque Cristo ni siquiera retó a la mujer. Pero para quitarlo habría que quitar a Jesús del Evangelio porque es el mismo de la Samaritana, de Magdalena, del buen ladrón. ¿Que no tomó en serio el pecado El, a quien araron sobre sus espaldas? ‘Cuenta si puedes mis llagas’… ¡Vaya si tomó en serio el pecado! Pero sufrió El por nosotros y cuando vio en el tono y expresión de ella su contrición, le abrió el río misericordioso de su corazón, del buen amor.
  4. En su vida nada tan constante como su continuo perdonar de este “amigo de los pecadores”. Al paralítico de Cafarnaún, a la mujer pecadora, a la adúltera de Jericó; a la Samaritana, a Zaqueo, a sus enemigos tantas veces. Estas escenas parecían escandalizar a los que lo rodeaban: les parecía a ellos que sacrificaba la justicia por la misericordia; la dignidad por la mansedumbre, la fuerza por la paz, casi la verdad misma para que el pecado pueda ser perdonado y el pecador pueda ir libre.
  5. Misericordia es el amor del miserable. Hay un amor que estima lo que tiene valor y de este amor no somos acreedores. Pero hay un amor que ama lo que no vale y hasta el que no tiene sino el valor negativo de su miseria, y este amor sólo Dios puede tenerlo. Es amor creador. Se siente inclinado donde hay menos, porque puede poner más. Por eso busca la miseria y es misericordioso. La Virgen Santísima nos ha enseñado el himno de la misericordia. Ha llenado de bienes a los hambrientos; ha mirado la humildad de su esclava; ha hecho en mí cosas grandes el que es poderoso y su misericordia de generación en generación. Por eso ninguno es tan apto a sentir el amor de Dios como el miserable y por eso Dios se complace en que los miserables canten su amor.
  6. Con qué afición y ternura de entrañas, con qué extremos de amor, la misericordia infinita de Dios provee a nuestra miseria, conoce él nuestra pequeñez e insuficiencia, la pobreza de nuestras ofrendas, la escasez de nuestros méritos y su corazón de Padre se conmueve. ¡Quiere perdonar nuestras culpas, quiere auxiliarnos, quiere hacernos participantes de sus largos favores!
  7. Apenas apareció Jesús sobre la tierra, San Juan al verlo dijo de Él: He aquí el cordero de Dios, el que borra los pecados del mundo. Sus contemporáneos lo acusaron de ser amigo de los pecadores y de comer con ellos. Este recibe a los pecadores. Esta era la acusación, la única fundada que se dirigió contra Jesús y esta acusación nos debe llenar de profundo consuelo. Para los pecadores fueron sus más hermosas parábolas: Él es el Buen Pastor que sale en busca de la oveja perdida y cuando la ha encontrado vuelve gozoso al redil.
  8. Hermanos, si tenemos pecados y ¿quién de nosotros no lo tiene? Acordémonos que Jesús es siempre el mismo: ayer, hoy y siempre. Vamos a su corazón herido por la lanza y dejemos caer en Él el fardo de nuestras culpas. Tengamos confianza, inquebrantable confianza en que su amor infinito es más fuerte que todas nuestras miserias, que todos nuestros crímenes. Pidámosle perdón y hoy como ayer su voz bendita nos dirá la dulce palabra: Hijo, vete en paz y no quieras pecar más.
San Alberto Hurtado S.J.

Notas en torno a la felicidad

  1. El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios.
  2. Cristo me pide vivir con alegría al saber que estoy en sus manos.
  3. La vida está aquí: en Cristo. La alegría está aquí: en Él y con Él. Cristo es la fuente de nuestra alegría, en la medida que vivamos en Él viviremos felices.
  4. Feliz él si descubre sus posibilidades de dar. Aprenderá por propia experiencia, que hay más alegría en dar que en recibir.
  5. No hay más que un camino de felicidad; servir a Dios, unirse a Él. Aquél más feliz es el que está más íntimamente unido a Dios.
  6. Mi felicidad no consiste en otra cosa que hacer la voluntad de Dios, con alegría o sin ella, sea cual fuere el juicio de los hombres. Si noto faltas esté cierto que junto con pedir perdón de ellas estoy perdonado. Que nada pues, me quite la habitual alegría.
  7. La felicidad y la alegría son una realidad en el cristianismo, pero esta realidad echa sus raíces hondas en el sufrimiento, en la abnegación, en el dolor. Se nutre de renunciamiento y de sacrificio: el grano de trigo, si no muere permanece solo, para que dé fruto es necesario que muera y entonces dará fruto abundante.
  8. Salvar el alma es por consiguiente la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones. ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.
  9. El dolor no es el fin de nuestra vida. Dios no nos ha creado para padecer. Nos ha creado para satisfacer las ansias infinitas de felicidad que Él mismo ha puesto dentro de nuestro corazón, para ser como Él, tanto cuanto es posible a una criatura.
  10. Con frecuencia, piensan algunos, que la felicidad humana consiste en ser libres de seguir nuestro capricho. Nosotros, en realidad, somos libres de seguir a Cristo, o bien de abandonarlo, para volver a nuestra antigua esclavitud, la del mal, de la cual nos rescató. No es condición humana la de estar libre de todo servicio, la de ser autónomo.
  11. Si buscamos la felicidad propia y ajena ¿dónde la encontraremos? si no es uniéndonos al que es la felicidad, al que va a constituir durante una eternidad la alegría de los escogidos, uniéndonos a Aquel cuya contemplación es tan infinitamente variada que durante una infinita duración será siempre nueva, siempre atrayente: será el cielo.
  12. Si bien esta vida es un valle de lágrimas, el cristiano no se resigna a la injusticia y a la miseria de sus hermanos, y trata de introducir aquí abajo todas las mejoras que hagan posible una felicidad terrestre de la multitud congregada; exige que ser reconozca a cada uno su derecho a vivir, al trabajo, y a su perfección de personas en cuanto personas.
  13. Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, y por lo que podría ocurrirle en el futuro. Que se olviden pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.
  14. No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.
  15. No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.
  16. Un cristiano recuerda que el primer mandamiento es el mandamiento del amor… signo distintivo de sus discípulos, y por eso más allá de sus preocupaciones de salvación personal, que las toma muy en serio, piensa en la salvación de sus hermanos, en darles la alegría y la felicidad que constituyen las señales del verdadero amor.
  17. Vivir en la alegría, en la paz, en la serenidad, sabiendo que Cristo y su Madre velan por nosotros, que tenemos el Padre que nos ama, y el Espíritu que mora en nuestros corazones. Y poseídos de esta felicidad hacer participantes de ella a los demás.
  18. La edad madura ha aprendido a sonreír: cosa que los jóvenes aún no saben hacer. Saben reír y ríen demasiado… pero la sonrisa es un rasgo peculiar de la edad madura. Es la alegría silenciosa y algo desencantada: en el gesto de la experiencia que ya ha conocido el desengaño… La sonrisa de la edad madura es peligrosa: puede ir lleno de desdén. El cinismo de la juventud está cargado de arrogancia, el de la edad madura puede ir lleno de desdén.
  19. El cristianismo se resume entero en la palabra amor: es un deseo ardiente de felicidad para nuestros hermanos, no sólo de la felicidad eterna del cielo, sino también que se preocupa de todo cuanto puede hacerle mejor, procurar al hombre esta vida, que ha de ser digna de un hijo de Dios. Todo cuanto encierran de justo los programas más avanzados, el cristianismo lo reclama como suyo, por más audaz que parezca, y si rechaza ciertos programas de reivindicaciones no es porque ofrezcan demasiado, sino porque en realidad han de dar demasiado poco a nuestros hermanos, porque ignoran la verdadera naturaleza humana, y porque sacrifican lo que le hombre necesita más aún que los bienes materiales, los del espíritu, sino los cuales no hay dicha humana par quien ha sido creado para el infinito.
  20. El hombre necesita pan, pero necesita también fe; necesita bienes materiales, pero más aún necesita el rayo de luz que viene de arriba y alienta y orienta nuestra peregrinación terrena: y esa fe esa luz, sólo Cristo y su Iglesia pueden darla.
San Alberto Hurtado S.J.