jueves, 3 de julio de 2014

CORONILLA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


CORONILLA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Queridos amigos, les ofrecemos una hermosa oración para pedir al Señor las gracias que necesitamos. San Pío de Pietrelcina la rezaba todos los días por las personas que se encomendaban a sus oraciones (en una ocasión, el futuro Papa y santo Juan Pablo II le pidió que intercediera por una madre de familia muy enferma, que se curó).

La belleza de esta oración reside en que se basa en las promesas que Jesús nos hace en el Evangelio: Mateo 7:7, Juan 14:13 y Mateo 24:35.
1- Oh Jesús mío, que dijiste: “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá”; he aquí que yo llamo, yo busco, yo pido la gracia... (decir al Señor con fe, esperanza y sencillez la gracia que le pedimos)
Recitar el Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. A continuación, esta jaculatoria:
"Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío y espero".
2- Oh Jesús mío, que dijiste: “En verdad, en verdad les digo, que cualquier cosa que pidan al Padre en mi Nombre, Él se la concederá”; he aquí que al Padre tuyo, y en tu Nombre, pido esta gracia...
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
"Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío y espero".
3- Oh Jesús mío, que dijiste: “En verdad les digo que el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”; he aquí que yo, confiando y apoyándome en la infalibilidad de tus santas palabras, pido la gracia...
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
"Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío y espero".
Oh Sagrado Corazón de Jesús, a quien es imposible no tener compasión de los infelices, ten piedad de nosotros, míseros pecadores, y concédenos las gracias que te suplicamos por medio del Inmaculado Corazón de María, madre terrena tuya y nuestra.
(se reza la Salve)
San José, padre adoptivo del Sagrado corazón de Jesús, rogad por nosotros.



AMEN 

domingo, 9 de marzo de 2014

Notas sobre la cruz

  1. La vida de Cristo tiende esencialmente al sacrificio; y la vida del Cristo moderno no puede ser otra que la del Cristo histórico, y ha de tender por eso también hacia el sacrificio.
  2. Las dificultades debieran ser motivo para intensificar más la vida sobrenatural a fin de tener fuerzas para cargar con una cruz que a veces se luce más pesada que la de nuestros padres.
  3. Nosotros no lograremos imponer nuestra concepción cristiana de la vida sin sangre, pero a diferencia de otras ideologías nosotros no queremos sangre ajena, sino que debemos estar dispuestos a derramar la propia, si ello fuese necesario por que Cristo reine en el mundo. No es el nuestro, un programa de odio, sino de amor. El odio y el amor están frente a frente: son las pasiones más fuertes, pero vencerá el amor, el amor es más fuerte que el odio, y no olvidemos que Dios es amor, y Dios está con nosotros.
  4. En los momentos de mayor angustia muestra al que sufre a Cristo en cruz, que venció al mundo, al dolor y a la muerte muriendo aparentemente vencido en lo alto del madero. Al que ha perdido a un ser querido le hace vislumbrar la vida de eternidad y alegría en unión de la fuente de toda alegría que es Dios: allí veremos, descansaremos, contemplaremos, amaremos sin sombra de dudas ni temor de términos”.
  5. Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente de Jesús. ¿No fue acaso Él vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y desnudo crucificado con el título de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra y en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también nuestros fracasos…”.
  6. Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes en nuestra alma espiritual y en nuestra sensibilidad a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán así semejantes a Cristo.
  7. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.
  8. La última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús condenado a muerte y marchando inocente al suplicio (…) Cristo reinó desde la cruz. Desde la cruz venció el pecado, la muerte, el infierno. El reino de Cristo se fundó en el Calvario y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario que es la Eucaristía (…).
  9. Considera los dolores y Pasión del Señor para tener fuerzas para una donación total que (es) la que exige de cada uno de nosotros: Cristo por mí dejó su bienestar material y humano: nació pobre. Señor, qué vergüenza me da, cómo sufres Tú por mí, y yo sigo con mis comodidades…
  10. La muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. Es el encuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apodera del sumo bien. En la Gloria lo veremos a El cara a cara, a nuestra Madre la Virgen María, a los Santos; hallaremos a nuestros padres, parientes y a aquellos seres cuya partida nos precedió.
San Alberto Hurtado S.J.

María Madre mía querida


  1. La devoción a Nuestra Señora es un elemento esencial en la vida cristiana. No hay piedad mariana que termine en María.
  2. Tenemos una mujer fecunda y tierna como madre. En ella juntamos la integridad y la fecundidad, la gracia de la divinidad con la humanidad.
  3. Ella no es divina, es enteramente de nuestra tierra como nosotros, plenamente humana, hacía los oficios de cualquier mujer, pero sintiéndola totalmente nuestra, la encontramos trono de la divinidad… En el fondo María representa la aspiración de todo lo más grande que tiene nuestra alma.
  4. María en Nazaret, cuán humilde y descuidada de sí misma. Cuán ajena a toda pretensión. Cuán indigna se reconoce de toda honra. ¿Yo soy así? ¿La imito? Debo pues imitarla en vivir oculto, humilde, silencioso, trabajador; sin deseos de querer ser estimado. Trabajar mucho, hacer mucho bien sin que nadie lo sepa.
  5. Madre de Dios todopoderoso … Y madre nuestra: realísima madre nuestra, al pie de la Cruz. Madre de todos los incorporados a Cristo. Y ella, que cuidó de Cristo en su vida, también cuida del Cristo místico hasta que llegue la plenitud de los tiempos….
  6. María fue pobre y sencilla. En Caná la encontramos en medio del pueblo, de la vida humana, de la vida de familia, en las alegrías más legítimas….. Por eso es que María se dio cuenta al punto de lo que pasaba…. Con María en nuestros apuros. Faltó el vino. Pero allí estaba María felizmente. Ella con su intuición femenina vio el ir y venir, el cuchicheo, los jarros que no se llenaban… Y sintió toda la amargura de la pareja que iba a ver aguada su fiesta, la más grande de su vida… Sintió su dolor como propio. Comprensión de los dolores ajenos (…). Y ella comprendió… que ella podía hacer algo, y que él lo podía todo.
  7. Jesús, en la cruz, nos dio lo último que le quedaba. Después de haber dado todo, incluso él mismo, nos entregó a su Madre. Y en San Juan estábamos todos representados. María es nuestra Madre, la Madre de todos los hombres, de todos los cristianos. Luego, todos somos hermanos. Y cuán poco me he preocupado de ser cariñoso, de ser afectuoso con mis hermanos, y con qué esmero he criticado sus defectos, me he burlado de los más infelices.
  8. María es mi Madre. Y al aceptarme como hijo, deposita en mí todos los tesoros de su caridad, todo su cariño. ¡Con qué ternura vela por mí! ¡Qué solicitud, qué amor!… ¿Qué quiere hacer de mí? Un santo, que sólo busque la mayor gloria de Nuestro Señor, su Santísimo Hijo.
  9. María como Madre no quiere condecoraciones ni honras, sino prestar servicios. Y Jesús no va a desoír sus súplicas, Él, que mandó obedecer padre y madre. Su primer inmenso servicio fue el “Hágase en mí según tu palabra”… y el “He aquí la Esclava del Señor” (Lc 1,38). Dios hizo depender su obra del “Sí” de María. Sin hacer bulla prestó y sigue prestando servicios: esto llena el alma de una santa alegría y hace que los hijos que adoran al Hijo, no puedan separarlo de la Madre.
San Alberto Hurtado S.J.

Mi fin es amar y servir a Dios

  1. Mi vida es pues, ¡un disparo a la eternidad! El fin del hombre: ¡la divinización de su vida! La muerte no es sino el momento de entrar en la posesión descubierta de ese Dios que velado estaba vivificando mi vida.
  2. No dependo sino de Dios, del único, y nada me esclaviza. ¿Cuál es pues mi fin? No puede ser otro que Dios. Tender a Él con todo mí ser: inteligencia, amor, voluntad. Conformar mi ser a la perfección divina a la que representa. La gloria de Dios consiste en el perfeccionamiento de este yo, obra divina, entregándome del todo a Dios.
  3. Nos puso en este mundo para que fuésemos santos, resplandor de su divinidad: “Para que seamos santos e inmaculados”. Sed vosotros santos… “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Y la venida de Jesús al mundo que no tuvo por objeto sino reafirmar el sentido de la creación, fortalecernos en al voluntad de realizarlo y darnos medios para ello, se resume en estas palabras: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”… “Para que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos de verdad”.
  4. La gloria divina, palabra que hemos oído tantas veces ¿qué quiere decir?, nada más que esta realización del plan de Dios, aquí en la tierra por la participación que el hombre recibe de la divinidad por la gracia, y en el cielo, por la participación en la gloria. Este ideal de la santidad sobrenatural es la única flor que Dios quiere recoger del universo para regalarse… Es la razón de ser del mundo y de los inmensos mundos que nos rodean. La gloria de Dios es la santificación del hombre participando de la divinidad.
  5. La gloria divina ha de quedar como el único ideal de todo hombre que contemple estas verdades. Éste no sólo es el valor central de nuestra vida, sino el único que merece llamarse valor absoluto. Esta gloria divina da valor a todo, aún a la más pequeña realidad ¡y sin ella los más grandes imperios y las amplias fortunas carecen de todo sentido!
  6. El sentido de mi vida: La mayor gloria de Dios, sacrificando a este ideal todos los otros: honra, aplauso, corona humana, formación de un círculo en torno mío… Mi tiempo, mis iniciativas, todas empleadas hacia allá: mayor gloria de Dios. ¿En qué consiste la gloria de Dios? En la realización de su voluntad. La voluntad de Dios se manifestó por Cristo Nuestro Señor. Él predicó una doctrina en la que expuso sus quereres. Los quereres divinos respecto al hombre, lo que Cristo desea que el hombre realice. En la realización de este querer de Cristo está, pues, la gloria de Dios; en su realización la más íntegra y cabal, está la mayor gloria de Dios. Mi trabajo consistirá por tanto en ahondar este querer divino: en investigar el plan de Jesucristo respecto al mundo, a las almas, para ir con toda lealtad a realizar lo que Cristo quiere; a instaurar el ideal de Cristo.
  7. Mi felicidad no consiste en otra cosa que en hacer la voluntad de Dios, con alegría o sin ella, sea cual fuere el juicio de los hombres.
  8. Nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios. Fin plenamente sobrenatural: nuestras obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas.
  9. Salvar el alma es conocer el tesoro que oculto llevábamos en nosotros: la vida de la Trinidad, “vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Salvar el alma es por consiguientes la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.
San Alberto Hurtado S.J.